Recientemente he tenido oportunidad de "disfrutar" de unas cuantas horas de Hospital repartidas en distintos días. Nada grave, cirugía menor para mi madre en una rodilla. Pero me ha permitido darme cuenta de que lo que yo denominaría científicamente como "perder el tiempo de forma miserable" alcanza su máxima expresión en estos sitios.
He de decir que el fenómeno se agudiza si ya tienes un trato habitual con la persona hospitalizada. Porque si eres un familiar de esos de vez en cuando, pues te pones al día de todo lo acontecido desde la última vez que te viste y luego te piras. Pero yo vivo con mi madre (si, a mis 40 tacos pero eso es otra historia, alparceros) La he visto los días del ingreso, los de antes y la veré los de después. Y claro, tú llegas ahí, le das un beso, le preguntas ¿Qué tal estás?¿Has dormido bien?¿Ha venido alguien más a visitarte? y... se acabó la conversación. A ver qué leches haces las dos o tres horas restantes.
Pues os digo lo que se hace: se suceden las miradas al infinito; los soplidos, toses y carraspeos; el asomarse a la ventana y volver a asomarse al cabo de treinta segundos como si uno esperara que el paisaje hubiera cambiado (algo que solo puede suceder en tan corto intervalo de tiempo si pasa un tsunami)
Se entra y se sale continuamente de la habitación del paciente. Unas veces porque te echan enfermeras y médicos; otras, porque hay tantas visitas que eso parece el camarote de los Hermanos Marx. También sales fuera de la habitación...por hacer algo, por ocupar el tiempo. Sales al pasillo, andas como si estuvieras haciendo un casting para extra de The Walking Dead; buscas un lugar para sentarte (siempre incómodo).para después levantarte y volver a hacer kilómetros de vuelta por esos mismos pasillos, con los brazos caídos.
Me recuerda a cuando vas a un museo. Recorres varias los mismos pasillos con paso trotón, balanceándote de lado a lado. Te paras delanteen las habitaciones de los demás como quien se para ante las obras de arte (¿qué coño espero ver?¿Al enfermo y sus familiares en pose como si les estuviera pintando Velázquez?)
Durante estas esperas eternas se come y se bebe
sin sustancia. Vas a las máquinas a pillarte una Coca Cola. Vuelves a las máquinas a pillarte un Kit Kat. Bajas a la cafetería a comer y a merendar. Te empapuzas cosas que parecen más experimentos genéticos sacados del laboratorio que algo hecho en una cocina. Si te lo sirvieran en un restaurante acusarías al chef de crímenes contra la Humanidad.
Para estas estancias me preparo como si fuera de viaje. Me he llevado un libro
(en inglés, que es información superflua pero así me hago el chulo), los
cascos para escuchar música, el móvil bien cargado para poder jugar al
Apalabrados y el Triviate, me compro el periódico... Pocas veces tienes la oportunidad de leer el periódico de cabo a rabo, incluido el horóscopo, todos los suplementos, la revista de moda, el dominical, hacer el crucigrama...
Una de las estampas más patéticas es cuando intentas echar una cabezada en posturas imposibles, repantingado en sillas duras e incómodas diseñadas por satanás y perdiendo cualquier sentido de la vergüenza. Vamos, algo solo comparable a dormitar en un aeropuerto, en el metro, bus o el tren.
Un cuarto de juegos iría genial para los ratos muertos. Desde columpietes para los más pequeños hasta guiñote para los mayores, pasando por billares y videojuegos. Unas tumbonas en un pabellón a lo Huracán Katrina tampoco sobrarían. Visitas guiadas por las instalaciones (teatralizadas a ser posible), exposiciones temporales de artistas de la zona... Se admiten ideas para que, como decía aquella canción de Marc Parrot, no perezcamos "aburridos de esperar".