Diego González, de once años, se tiró desde un quinto piso porque ya no podía soportar más el acoso escolar que sufría. Tristemente, no es el primer caso ni será el último. Y siempre que oigo estas noticias no puedo evitar que me invada una mezcla de tristeza y rabia. Porque yo lo sufrí.
Sin duda alguna, este es el artículo que más me ha costado y me costará escribir nunca. Evito siempre hablar de temas personales porque me da la sensación de prostituir mi intimidad y de intentar provocar tramposamente la simpatía o compasión de los demás ("pobrecito, mira lo que le pasó"). Pero también porque me da cierta vergüenza. Como toda persona maltratada llega un momento en el que piensas que, aunque sea en parte, es culpa tuya lo que te pasa. ¿Por qué si no se meten conmigo? Te preguntas. Algo malo tendré, te contestas.
Poca gente muy cercana sabe de ese periodo de mi vida (a partir de ahora, obviamente, sois unos pocos más) Y no pretendo dar pena. Sino hablar desde la perspectiva de una persona que sabe exactamente lo que es vivir esa situación.
Yo sé lo que es que te pongan un mote de forma cariñosa en un principio y además, que te lo ponga la niña que te gusta convirtiéndose (y convirtiéndote) en algo especial; en un halago. Y sé lo que es ver retorcerse ese apodo, volverse contra ti y que se emponzoñe y esparza como la pólvora por el colegio porque un grupo de niños hijos de puta te lo repiten, te lo escupen, te lo restriegan hasta la saciedad. Compruebas cómo una sola palabra (en mi caso fueron varios motes pero uno, principalmente) te provoca reacciones físicas de desasosiego y tristeza, de miedo.
Insisto en lo de "niños hijos de puta" porque muchas veces se peca de buenismo y se habla de la bondad innata de la infancia, como si el mal no cupiera en ellos. El nivel de crueldad que yo he aguantado de zagal nadie ha tenido los huevos de demostrármela de adulto. Los niños pueden ser capaces de lo mejor... y de lo peor. El colegio se convierte en la puta selva. Impera la ley del más fuerte y ellos tienen un arma (tus apodos) de la que tú careces.
No es experiencia grata buscar, un día sí y otro también, calles secundarias para ir y volver a casa desde el colegio y así minimizar las posibilidades de encontrarte con quien te desprecia. Es doblemente demoledor para la autoestima aguantar el chaparrón ante un grupode pequeños cabrones (porque claro, no te vienen de uno a uno) y después del mal rato pasado, asquearte de ti mismo porque no haber hecho algo más para defenderte. Y creedme, frasecitas como "la mejor palabra está por decir" o "la violencia no es la solución" te las pasas por el forro. Desearías haber tenido huevos para agarrar un palo y liarte a bastonazos. O a pedradas. O a hostias. Pero, no, ¡viva el instinto de preservación! callas, tragas e intentas sobrevivir un día más.
Realmente, lo que más me duele ahora de adulto es no haber defendido a terceras personas de esos acosadores e incluso haberme aprovechado de esa situación porque durante ese rato estaban entretenidos con otro y a mi me dejaban en paz. Digo que me duele de adulto porque de pequeño me parecía lo más normal del mundo, era una medida de supervivencia, de escaqueo ("oye, que se metan un rato con otro", piensas).
Eso es lo que más me duele, pero lo que más me jode es oir que esas situaciones"son cosas de críos". Ese resumen simplista es el que cuesta vidas. Ese resumen simplista es el que hace que muchos padres y profesores no hagan nada. Ese resumen simplista es el que impide que recibas la ayuda que necesitas y que no se tomen las medidas adecuadas.
Ni son cosas de críos, ni se queda en esa época infantil. Quedas marcado de por vida. Sé positivamente que, en la actualidad, para alguna gente yo no tengo nombre ni apellidos sino un mote ofensivo. Y eso pasa ahora, no hace treinta y cinco años. Obviamente, depende de mi minimizar el alcance de esa certeza pero me engañaría y engañaría a los demás si dijera que no me afecta en absoluto y que no ha tenido impacto decisivo en mi yo actual. Conservo un buen grupo de cicatrices de guerra que han marcado mi personalidad, mi forma de actuar ante la vida y mi visión de los demás. Y no de manera positiva, precisamente. Tengo orgullo (porque me duele lo que digan de mi) pero hace tiempo que perdí la dignidad (porque me la arrebataron la primera vez que me insultaron y yo les ayudé cuando decidí no hacer nada al respecto). Pero, bueno, esos son fantasmas propios con los que yo, y solo yo, tengo que lidiar.
No consintáis que se ningunee una situación de acoso escolar. Atajad el problema pronto y de raíz. Educad a vuestros hijos para que os cuenten cualquier mínimo problema recurrente de este tipo que tengan. Que no se sientan desamparados. Que no se oigan eso de: "no hagas caso, ya pasará. Son tonterías". Si hay que montar el pollo en la escuela para que se tomen cartas en el asunto, se hace; si hay que cambiar de colegio, se cambia; si hay que educar en casa, se educa en casa. Porque algo falla cuando un niño no ve otra solución que tirarse de un quinto piso.
Yo, a pesar de sufrir insultos durante años, nunca pensé en quitarme la vida. Terror me da pensar lo que habrá sufrido este pobre zagal para dar semejante paso.
No sé si dormiré muy bien esta noche