El español es un ser humano contradictorio. La Constitución de su país puede decir que todos los hombres son iguales, pero un privilegiado tiene completa inmunidad por el simple hecho de haber nacido a través de un coño determinado. Su familia tiene unos privilegios que violan ese principio básico de convivencia y el español acata. El español es muy de acatar.
Puede haber en su país un partido político mayoritario que declara sus profundas raíces republicanas pero que, a renglón seguido, se declara súdbito de un Rey. El español puede declararse sin atisbo de reflexión No monárquico, pero sí juancarlista (ehmmmm, pero ¿no es Juan Carlos I un rey?) Pues entonces, eres monárquico, berzotas. Porque si no, ¿que harán ahora todos los juancarlistas? ¿borrarse de monárquicos? Pues se harán felipistas y seguirán asegurando que no son monárquicos. No pasa nada, aquí nuestra capacidad de asimilar las fricadas como algo ordinario es inacabable.
El español es un ser que se queja en el bar de lo bien qué vive la Familia a su costa ¡qué morro! e indignarse un segundo después cuando se le habla de república. El español es un ser que utiliza el argumento peregrino de ¡ya que está ahí, que se quede! El otro día hablaba con una señora y me decía: ¡Juan Carlos I hizo su servicio y ahora que no necesitamos la monarquía, ¿nos lo quitamos de encima? A lo que inmediatamente respondí. ¡Exacto! Es lo que se hace con las cosas que han servido y ya no valen.
La Monarquía es un residuo, un poso del café. Hay que lavar el vaso y seguir hacia adelante.
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