miércoles, 19 de febrero de 2014

El síndrome ITV

El por qué me pongo nervioso cuando voy a pasar la ITV del coche es un misterio insondable de las dimensiones de la Atlántida o el asesinato de Kennedy. No es porque ahora sea una tastarra (el coche, no yo. Bueno, ahora que lo pienso... Ehm, sí, el coche. Hablo del coche) y cada año me da la sensación que va a ser el último que lo van a declarar apto para circular. Cuando era un bólido ya me producía ansiedad enfrentarme a esa especie de túnel de los horrores; esa gimcana de "intermitente izquierda, intermitente de la derecha, bocina..."

He de decir que me toca pasar la revisión del coche en enero y, claro, hace un frío que se caga la perra. Será por eso que los mecánicos me miran como funcionarios de prisiones. Da la impresión de que van a pagar conmigo el joderse de frío y seguro que me encuentran algo para tumbarme la inspección. Claro, a mi, con la (nula) seguridad en mi mismo que me caracteriza, me hacen dudar: ¿estarán bien los frenos?¿funcionarán las luces?¿Tengo la documentación al día?¿Me harán un tacto rectal?

Un momento especialmente aterrador es cuando se meten en el foso y me gritan desde abajo "pise el frenooooooooo; valeeeeeeeeee". Siempre me da la sensación de que no les voy a escuchar, va a parecer que los frenos no van y me van a joder. Dios, qué estrés. Me tendriais que ver sacar la cabeza por la ventanilla aguzando el oído y achinando los ojos por el esfuerzo como si me estuviera cagando.

No veáis qué mazazo para mi autoestima el ponerme nervioso de esa manera, con mis cuarenta años, metro ochenta y más de cien kilos. Yo no sé si tiene algo que ver el que provenga de una generación de transición cuyos padres le han trasmitido esa especie de respeto (llamadle miedo) a cualquiera que ostenta algo de poder.

A mi aún me ha dado cuatro hostias un profesor. No me quejo si el médico tarda hora y media en atenderme a pesar de tener cita. Si por mi reacción fuera, la Guardia Civil me cachearía y me pondría el coche patas arriba una vez si y otra también. Me pongo tan cardiaco que parece que llevo cuatro kilos de coca o una bomba de plutonio.






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